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LOS OLVIDADOS….

Los olvidados

Por: Mónica Fragoso Maldonado

El día de hoy, en esta columna quisiera abordar un tema del que nadie habla, que muy pocos estudian y en ocasiones cuando he llegado a tocarlo en alguna plática o reunión no encuentro empatía en el desarrollo del mismo, pues la gran mayoría de las personas me dice: “las mujeres y los hombres que se encuentran recluidos en alguna prisión, es debido a que cometieron algún acto delictivo, a lo que yo contesto: en el supuesto de que haya sido así efectivamente, pero en el caso de ser inocentes sería muy grave pasar por esta situación”. Pero más allá de ello, me quiero referir a los niños, sí, aquellos pequeños inocentes a los cuales les tocó pasar una situación difícil, sin pedirla y muchos menos ganarla.

Según cifras de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana en nuestro país hasta el 30 de junio del año pasado, más de 2 mil personas se encontraban privadas de la libertad en alguno de los 304 centros penitenciarios de nuestro país, la gran mayoría de ellos sin haber recibido sentencia que determine si son culpables o no. Pero detrás de estas cifras existe un grupo muy peculiar de pequeños inocentes cuyo encierro obedece a una simple razón, haber nacido o crecido en prisión. Según el Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria que emite la Comisión Nacional de Derechos Humanos, existen 436 niñas y niños que sin haber cometido delito alguno viven con sus padres en algún centro de reclusión.

A pesar de que la ley contempla como un derecho contar con instalaciones y elementos necesarios para una estancia digna y segura, acorde a la edad y la etapa de desarrollo de los niños, lo cierto es, que por si sola, no cambia la realidad que viven estos pequeños, los cuales pueden permanecer con su mamá hasta los tres años de edad. Lo más lamentable es que mientras los menores vivan en un centro de reclusión estarán expuestos a un entorno en condiciones de desigualdad, de carencia, de violencia, de falta de oportunidades, de corrupción, de contagio criminógeno, de exposición al consumo de drogas y a la comisión de otras conductas delictivas.

En conclusión, los niños que viven en esta circunstancia atípica no deben ser marginados, ni mucho menos olvidados. Es necesario impulsar mecanismos para mejorar sus condiciones de vida, pues haciéndolo evitaremos a personas que crezcan con un estigma y resentimiento en contra de una sociedad que los ignoraba y que era poco humana y empática respecto a su situación.

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