La violencia hacia el hombre también existe

La violencia hacia el hombre también existe
Por: Mónica Fragoso Maldonado
Cuando hablamos de violencia de género, solemos imaginar un rostro, el de una mujer lastimada, acallada, resistiendo entre sombras. Y con mucha razón; siglos de dominación patriarcal, exclusión, abuso estructural y normalización del maltrato hacia las mujeres no se pueden esconder bajo la alfombra. Sin embargo, esa misma alfombra, a menudo, cubre otra herida: la violencia hacia los hombres. Sí, leíste muy bien. Aunque incómodo, impopular y muchas veces ridiculizado, este fenómeno existe.
Hace apenas unos días, una escena que parecía menor sacudió la política internacional. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, fue abofeteado por su esposa; la imagen recorrió el mundo, algunos lo tomaron como un simple desliz, otros lo celebraron con memes y risas. Pero detrás de esa bofetada había algo más profundo: la normalización de la violencia cuando el receptor es hombre.
Y aquí es donde urge reflexionar: ¿Por qué callamos cuando el golpe va hacia él? La respuesta es compleja. Hemos construido una cultura en la que el hombre no llora, no sufre, no se quiebra. Si es agredido, debe resistir en silencio. Si denuncia, es débil. Si llora, es ridículo. La violencia hacia él se minimiza, se ridiculiza o se ignora. Frases como: “De seguro él la provocó”, “De seguro se lo merecía”, “¿A poco te dejó tu mujer?”, “¡Te traen bien cortito!”, son el eco social de una narrativa que invalida el dolor masculino.
Este silencio es peligroso. Porque alimenta el ciclo de violencia y porque invisibiliza a víctimas que también necesitan contención, justicia y reparación. La violencia, venga de quien venga, es violencia. Y cada acto que perpetúa el abuso, ya sea físico, emocional, psicológico o sexual, es una fractura a la dignidad humana.
En nuestra lucha por la equidad, hemos cometido un error: pensar que visibilizar una violencia debe implicar invisibilizar otra y no es así. No se trata de comparar sufrimientos, sino de sanar como sociedad. No se trata de negar la violencia contra la mujer (¡jamás!), sino de abrir el espacio a una conversación más honesta, profunda e inclusiva.
Hoy más que nunca, necesitamos coraje. No sólo para denunciar la violencia, sino para atrevernos a ver aquello que no encaja en nuestros marcos cómodos de entendimiento. Atrevernos a decir que el dolor del otro, aunque no sea el mío, también me duele. Atrevernos a imaginar una sociedad donde ser hombre no implique ser fuerte todo el tiempo, ni ser mujer implique estar en permanente riesgo. Atrevernos a sanar, juntos, porque el verdadero enemigo no es el hombre, ni la mujer, es la violencia y el silencio que la protege, por ello surge la necesidad de contar con un nuevo pacto: donde no haya víctimas invisibles ni agresores justificados, donde el dolor se escuche, donde la justicia no tenga género, y donde todos, absolutamente todos, tengamos derecho a vivir sin miedo.
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